¿Un familiar (o tú mismo) ha padecido un ictus? ¿Tienes miedo de que vuelva a ocurrir? Quizá lo conoces por el nombre de apoplejía, derrame cerebral, ictus isquémico o accidente cerebrovascular. Aparece repentinamente y de forma llamativa: la persona pierde la facultad de hablar o de mover una parte del cuerpo, siente confusión, se paraliza, pierde la coordinación o la visión… En cada caso los síntomas pueden ser muy diferentes, dependiendo de la zona del cerebro afectada.
Conocer cómo se produce el ictus y cómo prevenirlo puede ayudarte a salvar una vida.

¿Por qué ocurre el ictus?

Existen dos tipos de ictus, el isquémico y el hemorrágico. Aunque los nombres suenen extraños, la diferencia es clara:

  1. El primer tipo, y más habitual, es el debido a un coágulo que tapona una arteria cerebral (ictus isquémico). La causa puede ser, bien una placa de ateroma (acumulación de grasa en la pared arterial), bien a la formación de un coágulo.
  2. El segundo tipo es debido a un sangrado en el tejido cerebral (ictus hemorrágico o “derrame cerebral”). Se debe a la rotura de una arteria cerebral, en muchas ocasiones es a causa de malformaciones o aneurismas que llevaban ahí años.

En cualquier caso, la consecuencia de ambos es que una parte del cerebro se queda sin irrigación sanguínea hasta que se recibe el tratamiento médico adecuado.

 

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¿Qué consecuencias pueden tener?

Las secuelas del ictus cerebral depende de muchos factores: de la zona afectada, del tiempo que haya durado el taponamiento, de la edad del paciente

En las primeras horas tras un ictus, el médico puede prever las principales consecuencias. No obstante, es imposible predecir las secuelas y cuánto tiempo perdurarán, hasta días, semanas o incluso meses después del accidente. Algunas personas recuperan totalmente las funciones, y parece que nunca hayan tenido un ictus; otras, sin embargo, pueden padecer secuelas de mayor o menos gravedad durante el resto de su vida.

Lo que hay que tener claro es que, tras un ictus, es necesaria mucha paciencia y trabajo. Casi siempre hace falta rehabilitación y, a veces, las personas tienen que aprender de nuevo a andar, a hablar… Pero la perseverancia tiene sus frutos, y el cerebro tiene una plasticidad increíble. Aunque parezca imposible al principio, la mayoría de las personas logran grandes avances, especialmente cuando todavía son jóvenes.

¿Se puede prevenir el ictus? ¿Cómo?

La prevención es fundamental, sobre todo si tenemos antecedentes personales o familiares de accidente cardiovascular.

  • Reduce tu presión arterial. La hipertensión es el principal factor de riesgo para el ictus.
  • Deja de fumar. Es el mismo consejo que damos siempre, sí, pero ¡por algo será! El tabaquismo multiplica por 2 las probabilidades de padecer un ictus isquémico y por 4 las de un ictus hemorrágico.
  • Reduce tu colesterol. El exceso de colesterol LDL en tu sangre causa aterosclerosis, que es la causa principal del estrechamiento de los vasos sanguíneos.
  • Mantén bajo control la diabetes. Esta enfermedad causa daños en los vasos sanguíneos, por lo que también pone en riesgo la circulación en el cerebro.
  • Cuida tu corazón. Las enfermedades cardiacas y el ictus están muy relacionados, pues estas favorecen la formación de coágulos.
  • Por último, mantente activo físicamente y evita la obesidad mediante una alimentación saludable. El sedentarismo y el exceso de peso son la causa principal de hipertensión, diabetes, enfermedad cardiaca y otras condiciones médicas que aumentan tu riesgo de padecer un ictus.

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*Contenido validado por el equipo médico de mediQuo.